SÍ ESTÁN RECONOCIDOS
Eduardo Ojeda Cebrián
Director de Producción
Bodega José Estévez, S.A. Jerez de la Frontera
Más que defender que el enólogo está reconocido económicamente voy a propugnar que el enólogo podría llegar a estarlo, aunque en un principio debo reconocer que su actividad en la bodega no suele estar bien remunerada. Y baso esta afirmación en el hecho de que otras actividades dentro de la empresa, como comercial, marketing o administración están mucho mejor reconocidas que el trabajo del enólogo. Esta circunstancia constituye una tónica general, al menos si nos referimos a bodegas de un cierto tamaño, donde las actividades están bien diferenciadas en distintos departamentos. Lamentablemente esta situación no es exclusiva del sector vitivinícola, sino que se podría generalizar a casi toda actividad empresarial de naturaleza industrial, donde el trabajo de producción suele estar minusvalorado. Pero en mi opinión, frente a este hándicap inicial, el enólogo tiene en su sector algunas posibilidades de promoción de las que el técnico carece en otros sectores.
En efecto, la actividad del enólogo en la bodega está enormemente especializada, por lo que requiere un largo tiempo de dedicación para su conocimiento en profundidad, mientras que otras actividades en la bodega son más estándares y similares a las realizadas en otras empresas y sectores. Además, el enólogo suele ejercer su profesión con vocación y pasión a las que debería de sumar inquietud por las demás ramas de la actividad empresarial vitivinícola. El enólogo deberá implicarse más en el día a día de todas las actividades de su empresa y, por supuesto, no olvidarse de complementar su formación.
Si el enólogo se prepara en otras actividades, sus posibilidades de promoción personales pueden llegar a ser amplias y de esta forma llegar a los niveles de máxima responsabilidad empresarial. ¿En que campos creo yo que el enólogo tiene que prepararse específicamente?: en economía de empresa, en comercialización y marketing y en idiomas. Para ello, debería cursar alguno de los numerosos masteres específicos en estos temas, cuya oferta inunda las páginas de los periódicos en las fechas de matriculación. Afortunadamente, cada vez más estos estudios se pueden cursar de forma semipresencial o no presencial, lo que facilita mucho su compatibilización con el trabajo.
Desde mi punto de vista, la FEAE debería intermediar con las universidades donde se imparte la Licenciatura de Enología para que se ofertaran masteres específicos de calidad y adaptados a las circunstancias de los enólogos en España.
Hay que tener en cuenta que la FEAE agrupa a un colectivo de un millar largo de profesionales a los que se podría dirigir esa oferta de estudios de especialización. Además, me consta que las relaciones de la FEAE con estas universidades son excelentes, por lo que cuenta con amplias posibilidades de participación en el diseño de los programas de estos cursos master. Además de todo lo dicho, el enólogo debe aprovechar el glamour que indudablemente rodea al que hace el vino. Este hecho es quizás derivado de un cierto carácter mágico que le acompaña en nuestra civilización, porque es capaz de transformar un fruto como la uva en vino, bebida dotada de un enorme potencial de disfrute de nuestros sentidos y nuestra mente, además de constituir un excelente vehículo de comunicación. Por ello, la figura del enólogo constituye un activo de la bodega que debe ser utilizada en diversas funciones de connotaciones comerciales. Por ejemplo, como acompañante de visitas ilustres a las que puede seducir mucho más la imagen del que está siempre en contacto con el vino, desde la plantación del viñedo hasta el embotellado, y conoce todos los rincones de la bodega, que la verborrea llena de tópicos y lugares comunes que nos encontramos en la mayoría de los casos.
Y ¿qué decir de la tan necesaria presencia del enólogo en los stands de las bodegas en ferias vitivinícolas? En ocasiones en ellas están presentes personas con escaso conocimiento del producto e incapaces de ofrecer con suficiente detalle la información sobre el vino que los visitantes de los stands suelen requerir. Otra función en la que puede participar el enólogo es la comunicación comercial, constituyendo un nexo importante de unión entre la bodega y el medio de comunicación y ofreciendo una información sobre el vino más comprensible para el consumidor que la que se encuentra en los medios y que suele pecar de excesivamente barroca, de artificialmente enrevesada o de impersonal.
En cualquier caso, el enólogo debe abandonar su actitud conformista y acomodaticia en su función tradicional y reclamar un papel más activo en la bodega, que a buen seguro redundará en beneficio del sector en general y también en el suyo particular.
NO ESTÁN RECONOCIDOS
Lluís Manel Barba Estadella
Enólogo, profesor de Enología y divulgador
Escuela de Restauración i Hostalage de Barcelona i Escuela Hoffman
No hace muchos años, cuando la gente me preguntaba a que me dedicaba, yo les respondía "enólogo". La cara del interlocutor hacía una mueca y me contestaba: "¿etnólogo?". Entonces, con gran paciencia, les informaba sobre el significado de esa extraña profesión.
Por suerte, el reconocimiento social y el prestigio de nuestra profesión están tan contrastados como la de los cocineros (parámetro actual de prestigio). Por eso, cualquier padre/madre puede "chulear" de tener un hijo/hija o un yerno/ nuera que es enólogo.
A pesar de este preámbulo, creo que la profesión de enólogo no está suficientemente valorada. En primer lugar, si lo hubiera estado, a ningún político de turno se le hubiera pasado por la cabeza suprimir los estudios de enología. Se debían creer que el vino se produce solo y que no tenía tanta importancia en un país que, "solamente", es el primer país del mundo en extensión de viña. Por esta razón, con incorporar los estudios a la carrera de Tecnología de Alimentos, convirtiéndose en un par de asignaturas optativas (como antaño), ya era suficiente. En segundo lugar, el sector vinícola recibe cada vez más inversiones de capital foráneo. Es decir, el prestigio del vino es tan grande que muchos empresarios, constructores, artistas y otros inversores que antes invertían en un restaurante, ahora montan una bodega. Para asesorarse, contratan los servicios de un asesor externo para que les pongan en marcha el proyecto. No pongo en duda su profesionalidad; pero es imposible estar en 50 sitios al mismo tiempo. Realmente, el vino de cada explotación lo elabora un bodeguero o, en el mejor de los casos, un enólogo que está al pie del cañón los 365 días del año. El prestigio del buen hacer se lo disfruta el asesor por criterios estrictamente comerciales. La verdadera valoración sería la del enólogo "residente", en argot de disjockey, estimando su buena profesionalidad.
Y, finalmente, si realmente estuviera bien valorado, cualquier explotación que aspirara a producir un vino de calidad, no escatimaría el sueldo que debe recibir un buen enólogo. Los costes de producción se fijan más en el diseño del envoltorio (que también es importante) que en la necesidad de contratar un buen profesional: el enólogo que desde la viña hasta la botella velará por transmitir la calidad de nuestras uvas.
En otras partes del mundo, ya hace tiempo que lo tienen claro y así les va de bien. Es cierto que cada vez más, cada bodega tiene su enólogo (cuando yo empecé, no era así); pero ¿económicamente percibe lo debido? o con su contrato de "peón" o de "ayudante de bodega" no se le remunera lo suficiente.
Por estos motivos, creo que la profesión de enólogo aunque tiene buen prestigio, aún no está suficientemente valorada. No hay que desmerecer la labor de los "flying winemakers" porque gracias a ellos y a su fuerza mediática, los enólogos ha dejado de ser esos "marcianos" con bata blanca que habitaban en los laboratorios de las bodegas y se ha elevado la calidad de los vinos españoles.
En estos años, se ha avanzado mucho para el reconocimiento de la profesión; pero aún queda mucho por hacer.
Por muchos vinos.
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